Seis Historias Completas en un libro.
Callista Arman - El Impostor
Las
esperanzas de Raye de tener un orgasmo se derritieron como su desvaneciente ensoñación.
Muy bien, así que después de cinco años y medio de matrimonio, el sexo con Ian
era un poco rutinario. Eso era de esperarse. ¿Pero tenía que
sacar el tema del bar justo ahora? Había estado tan cerca de acabarse. Maldición.
Kieran MacKenzie jamás hablaría
del trabajo durante el sexo.
“Si
no hacemos algo para seducir a nuestra clientela para que vuelva”, dijo Ian,
“sería casi mejor ni abrir”.
“Bueno,
bueno”. Los últimos arrebatos de excitación de Raye se esfumaron. Ella e
Ian habían puesto los ahorros de toda su vida en ‘Café y Panecillos’, un café
muy moderno en el límite del distrito histórico. El tema escocés había sido
idea de Raye; Ian había sugerido una decoración de selva tropical. Les fue muy
bien durante un par de meses, hasta que la cadena nacional ‘Café Estrella’
abrió un megabar a menos de una milla de distancia, justo en la
esquina de Broad y Main. Con estacionamiento. Así como
así, el resultado del balance de ‘Café y Panecillos’ se había vuelto de un
brillante y desagradable color rojo.
Si
Ian y Raye no podían dirigir un parte del tráfico sediento hacia el interior de
sus puertas con picaportes de bronce, iban directo a la bancarrota.
“Sí,
tendremos que bajar nuestros precios”, dijo ella.
“¿Qué
te parece hacer un día en el que si compras uno te llevas otro gratis, para el
grupo de estudiantes?”. Preguntó Ian. Él dejó caer la cabeza en el doblez del
hombro de Raye y aceleró el ritmo de sus embates. “Quizás hasta podría sacar la
gaita de mi abuelo”.
Raye
gimió, pero no de placer. Ella amaba todo lo escocés —a su marido, más que
nada— pero Ian no tenía ningún talento para la gaita.
“Queremos atraer
clientes, no hacer que se vayan”, le dijo ella.
Ian
rió por lo bajo.
Ella
le acarició el costado del cuello con la nariz. “Olvida la gaita. Pero sí podrías
vestirte con la ropa típica de las montañas escocesas que te compré”.
Él
gruñó. “De ninguna manera. No me voy a poner una falda”.
“Es
una kilt, no una falda”.
“Es
lo mismo”. Un delicado estremecimiento reverberó por el cuerpo de él. “Dios,
Raye, estoy cerca”.
Entonces
él dejó de hablar, gracias a Dios. Raye se concentró en coincidir con el
ritmo de sus embates cada vez más profundos. Una sensación suavemente
placentera la invadió, pero no se parecía en nada a lo que solía ser. Cuando
ella e Ian estuvieron juntos por primera vez, él le dio un estremecedor orgasmo
tras otro. Pero ahora…
Ahora
necesitaba fantasear con Kieran MacKenzie para ayudarse a
acabar.
Pasó
los dedos por entre los oscuros rizos de su marido. Era una pena que no se
pudiera acabar sin una fantasía. Cerró los ojos y trató de perderse en la
sensación de la verga de Ian deslizándose dentro de ella. Unos pocos embates
más tarde, se diopor vencida. Simplemente no sucedía.
Tess nunca
tuvo este problema con Kieran en Pasiones en las Montañas
Escocesas.
B.J. McCall
- Rompiendo las reglas
Tonta.
Los
líderes de las unidades no se enamoraban de los miembros del equipo. El centro
de su atención debía ser la misión, no un breve momento de placer físico. Como
una de las pocas líderes de unidad mujeres y la única en este sector, Ri se
negaba a dejar que sus sentimientos personales interfirieran con su trabajo.
Olvídate de él.
Hauser Wath, el
presidente de la Compañía Minera Wath, la deseaba. Rico y guapo, Hauser le
ofrecía lujos y fortuna, peroRi prefería enfrentarse a una vida de misiones
peligrosas con Dancer a convertirse en la mujer de Hauser.
Una
luz roja parpadeante penetró a través de sus párpados cerrados. Ri abrió
los ojos y activó el audio.
“Identificar”.
Ri se
levantó y giró a la izquierda.
Enemigos.
Dos. Armados.
Dos
insurgentes se aproximaban a las cataratas desde río abajo. Parado debajo del
vapor, Dancer estaba expuesto y desprevenido.
Ri corrió
por el sendero para interceptar al enemigo y sacó su rifle láser del portafusil
que llevaba sobre la espalda. Se detuvo, bajó su rifle y eliminó a los
insurgentes con dos tiros limpios. Cayeron a menos de veinte yardas de Dancer.
Enemigo
eliminado.
Ri bajó
la colina hacia la cascada. Para cuando llegó hasta Dancer, él se
estaba abrochando los pantalones.
No
mires.
Ri levantó su
visor cuando él alcanzaba sus botas. Después de cerrarse las botas, él se paró.
Su ancho pecho y sus hombros estaban cubiertos de gotas de agua. Ri penaba
por lamer cada gotita de su piel.
Míralo a los ojos.
Su mirada se fijó en
la de ella. “Me alegra que pasaras por aquí”.
¿Sabía
él que ella lo había estado mirando?
Él
se puso la camisa del uniforme y se calzó su sobaquera. Levantó su casco y
estuvo armado y listo.
“Trae
refuerzos la próxima vez. Es una orden”.
“Comprendido”. Él
le estiró la mano. La misma que había usado para darse placer. “Gracias,
LU. Le debo la vida”.
Los
miembros del equipo se dirigían uno a otro usando sus apellidos, pero para Dancer ella
era la LU. Lo que quería decir que, a pesar de todas sus misiones, las horas
que pasaron planeando misiones y relajándose en la sala de estar de la base,
ella era la Líder de la Unidad. No era una mujer, ni una amiga: era la jefa.
Lynn LaFleur
- Abducción
Él
dijo su nombre completo con esa voz baja y ronca y le hizo sentir un
estremecimiento que bajó por su columna. Ella lo miró rápidamente. Él se apoyó
contra la puerta, acariciándose el bigote, y la estudió detenidamente.
Mike
apretó las manos sobre el volante y volvió a prestar atención al camino. “Te
estás portando como un estúpido otra vez”.
“¿Por
qué?”.
“Porque
somos amigos”.
“Los
amigos pueden ser amantes, también”.
Él
le acomodó el cabello detrás del hombro y le acarició la nuca. El lento
contacto del pulgar de él contra su mandíbula hizo que a Mike se le cruzaran
los ojos. Él nunca la había tocado, no así… como un hombre toca a su amante.
Ella
podría volverse adicta a su contacto en un abrir y cerrar de ojos.
Mike
se reprendió mentalmente por dejarse llevar por una fantasía tonta y abrió la
boca para decirle que dejara de embromarla. Una extraña luz en el cielo la hizo
detenerse antes de decir palabra. Parecía una estrella brillante, sólo que el
cielo estaba cubierto esta noche y no se veía ni una estrella. La luz parecía
latir, pasando del amarillo al rojo al verde y repitiendo otra vez el ciclo de
colores. “Mira eso”.
Jax se
inclinó hacia delante y miró a través del parabrisas. “¿Que mire qué cosa?”.
“Esa luz. ¿Qué es?”.
“No lo sé, pero
parece como si viniera directo a nosotros”.
Mike
quedó boquiabierta cuando la luz se volvió más brillante y pareció
tragarse su auto. Un segundo después, la luz había desaparecido.
Mike
sacudió la cabeza y siguió conduciendo hacia la casa de Jax. Ella se
sentía… diferente, pero no sabía por qué.
“¿Estás
bien, Michaela?”, preguntó Jax suavemente.
“Sí, eso creo. Eso
fue extraño, ¿no?”.
“Muy
extraño”. Él tiró de un rizo de ella que estaba cerca de su oreja. “Quizás
era un OVNI”.
“Ja,
ja”.
Mike
se metió en la entrada de la casa de Jax. Dejó el motor encendido mientras
él se desabrochaba el cinturón de seguridad.
“¿Quieres
pasar a tomar un café?”, preguntó él.
No
era extraño que él le ofreciera pasar a su casa o que ella aceptara la
invitación. Por alguna razón que no comprendía, ella se sintió incómoda al
pensar que estaría a solas con Jax esta noche. Dijo que no con la
cabeza. “Mejor me voy a casa”.
“Ey,
todavía es temprano. Son sólo…”. Él
se detuvo al mirar el reloj del tablero. “¿Qué mi…? ¿Está bien ese
reloj?”.
“Por
supuesto que sí”. Mike echó un vistazo al reloj. Sus ojos se
agrandaron por el impacto. Decía 5:48.
“No
puede ser, Mike. Dejamos la casa de Tim a eso de las once. Son sólo veinte
minutos en auto desde su casa hasta aquí”.Jax se movió en su asiento para
mirarla de frente. “Tu reloj debe estar mal. No puedo ver el mío. Enciende
la radio”.
La
expresión seria en su rostro hizo que Mike se estremeciera. Con la mano un poco
temblorosa, giró la perilla del volumen.
“…
altas hoy con cuarenta y cuatro grados y vientos del norte a una velocidad de
entre quince y veinte millas por hora. En este momento, son las 5:49 y la
temperatura es de treinta y tres grados”.
Comenzaba
a sonar la canción “Hotel California”, mientras Mike trataba de comprender lo
que había escuchado. Las siete horas simplemente se habían esfumado. No era
posible. A Mike le empezaron a sudar las palmas de las manos. “No lo
entiendo”, susurró.
Cricket
Starr - La novia del piloto de la oscuridad
Caía la noche. El sol se ponía
a su derecha, y Josia tuvo que girar dolorosamente la cabeza para ver
cómo se hundía el disco rojo verdoso detrás del contorno marrón del bosque.
Como sus manos estaban atadas a la rama de un árbol sobre su cabeza, no había
mucho más que pudiera hacer.
Un pequeño destello y
se habría ido. La sacudió una sensación de
desesperanza cuando la luz que quedaba se desvaneció en el cielo y dio paso al
oscuro púrpura de la noche. Su última puesta de sol, la última vez que vería el
sol de este mundo mal parido en donde había nacido. Mañana a esta hora estaría
muerta… o se habría ido.
O
peor.
Josia suspiró.
Su vida hasta ahora no había sido emocionante, pero lamentaba ver que
terminara; de ahí, las ataduras. Los mayores de la colonia no correrían ningún
riesgo con la última “novia” para entregar a cambio de provisiones de las
colonias interiores. La guerra en otra parte del sector había desbaratado
varias visitas esperadas, lo que convirtió lo que debía ser un corto intervalo
en más de quince años hasta hoy. Si esta transferencia fallaba, podía
significar que no recibirían más apoyo de afuera.
Hacía
mucho tiempo, se hizo un trato con la Liga de los Pilotos de la Oscuridad, que
controlaba el tráfico espacial en este cuadrante. Una nave vendría una vez cada
varios años con correspondencia de los planetas de origen, además de las muy
necesarias provisiones médicas y técnicas, que sólo se podían fabricar fuera
del planeta. Se llevaría los productos artesanales que producía la colonia:
figuras talladas a mano y tela tejida con materiales nativos. Algunos de los
mejores tejidos de Josiaestaban apilados en canastos en el borde del claro
en el bosque.
A
cambio, la Liga pedía alguna que otra cosa como pago: un donante de sangre
humana para el Piloto de la Oscuridad que controlaba la nave, alguien para
picar durante su largo viaje por las estrellas. Josia no pudo evitar
estremecerse, los Pilotos de la Oscuridad eran vampiros. Como las donantes eran
generalmente de sexo femenino y los pilotos, masculinos, se habíainventado
el término novia para el sacrificio, pero todos sabían que las esperaba un
destino más negro.
Ninguna
novia había vuelto jamás, y Josia sólo podía imaginarse lo peor.
Charlotte
Boyette-Compo - El Club de los Miércoles
Eran hombres
extraordinariamente guapos y mientras andaban por el angosto camino que llevaba
a la habitación donde mantenían sus reuniones quincenales, las mujeres se daban
vuelta para mirarlos y suspirar y fantasear con cómo se sentirían al estar en
los brazos fornidos de esos guerreros.
“Esos hombres tienen
su reputación”, comentó una mujer de mediana edad. “Es un secretito sucio lo
que hacen los miércoles”.
“Ellos pueden hacer
lo que les guste sin nadie que los contradiga”, señaló su compañera.
“Corydon es el
más hermoso, ¿no creen?”, preguntó la dueña de la tienda a sus clientes.
“Sí”, acordó la mayor
de las dos clientas con una sonrisa soñadora sobre su arrugada cara. “Él puede
dejar sus botas bajo mi catre cuando quiera”.
“Yo agarraría
cualquiera de los seis”, dijo la hija de la clienta, “pero con Brion se
me hace agua la boca”.
“¡Kaia, por favor!”,
la reprendió su madre. Ella se abanicó con energía. “Esas palabras son muy
inadecuadas para una doncella”.
Brion miró a su
alrededor y cuando sus ojos encontraron los de Kaia, levantó una ceja
rubia y maliciosa. Una pequeña sonrisa estiró sus labios.
“No la alientes, Brion”,
contestó rápidamente Keltyn, codeando a su compañero. “¿Quieres que se
meta en la habitación? ¡Éste es el primer miércoles, no el tercero!”.
Brion suspiró.
“Sí, lo olvidé”. Él frotó su mandíbula sin afeitar. “Da igual, creo”.
Corydon había
empezado el club tres años atrás para darles algo que ocupara su tiempo cuando
no tenían obligaciones militares. Se encontraban dos veces al mes para cometer
en privado algunos de los pecados sobre los que les habían advertido durante la
niñez: la gula, el juego y la lujuria. Las mujeres que traían a su club eran
para el placer solamente, sin malentendidos respecto al compromiso y esas
cosas. Era estrictamente para el entretenimiento de los hombres, sin que
hubiera ninguna posibilidad de caer en la trampa del bichito del matrimonio. Lo
que sucedía en el club, se quedaba en el club.
Elizabeth Lapthorne
- Esposas de amor
Ma´ra estaba
parada en la puerta del sórdido bar. Un humo que no quiso identificar formaba
espirales que subían hasta el cielorraso cubierto de numerosas manchas en la
habitación mal iluminada. Quizás oficialmente no estaba de guardia, pero como
había aprendido una y otra vez por el camino difícil, una merc nunca
parecía saber cuándo desconectarse.
Ahora que lo pensaba,
esa había sido una de las quejas más grandes de Steven acerca de ella cuando su
breve relación terminó. Darse cuenta por sí misma de la cuestión fue uno de los
motivos más fuertes detrás de su decisión de no contactarlo esta vez durante su
corta estadía.
Apoyó su mano sobre
su pequeña pistola de electrochoque y tragó al recordar el otro motivo para no
contactarse con su ex amante. Ella podría necesitar ayuda para lidiar con el
hombre que estaba persiguiendo esta noche, pero lo que había planeado rozaba lo
ilegal, por cualquier ángulo que se lo mirara.
También entraba en la
categoría de total y completamente ilegal de otras numerosas
maneras imaginables.
Ma´ra enderezó
su columna; su rostro llevaba la marca de la determinación.
Elise podría
ser delicada, podría ser joven y prácticamente incapaz de hacerse cargo de sí
misma, pero aun así ella era la única pariente sanguínea que Ma´ra tenía
en todo el universo. Ella se había sentido tentada hacía mucho tiempo de dejar
queElise se hiciera cargo de sí misma y aprendiera algunas cosas por el
camino difícil. Pero siempre recordaba el parentesco entre ellas y una vez más
salvaba a Elise de sus propias acciones. Ma´ra tomaba sus
responsabilidades con seriedad, sin importarle cuánto deseaba que las cosas
fueran de otra manera.
Elise se
quejaba de que Ma´ra viajara a otros planetas y galaxias
constantemente, pero nunca se quejaba sobre la parte considerable que Ma´ra siempre
le daba de sus créditos.
Ma´ra sonrió
socarronamente. Elise podía lloriquear, pero sin duda sabía bien qué
le convenía.
Ma´ra se
hizo levemente a un lado cuando la puerta detrás de ella se abrió y dejó entrar
a otra prostituta apenas vestida. Al sentir que le brotaba la compasión
desde adentro, resistió el impulso de hacer a un lado a la jovencita apenas
púber, llenarle las manos de créditos y decirle que volviera a casa y regresara
con sus padres y a sus estudios. Aunque las nuevas reglas para las
prostitutas señalaban que la edad del consentimiento legal eran los diecisiete, Ma´ra nunca
pudo tolerar la juventud de esas prostitutas.
Pero
sabiendo que darle créditos a la criatura y tratar de sobornarla para que
volviera a su casa no resultaría en nada más que en el desprecio de la
muchacha, Ma´ra suspiró tristemente y trató de concentrarse en el
otro lado del humeante bar. El resquicio de luz de la puerta abierta ayudó a Ma´ra a
ver a su presa.
Me llevo (01)
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